El otro día estaba meditando caminando por un parque. En varios puntos del parque habían fiestas infantiles. Casi al final del parque, había una fiesta que me llamó la atención por ser la más modesta de todas las fiestas.
Cuando pasé por allí, vi al payaso que animaba la fiesta. Era el payaso más feo que había visto. Un tipo barrigón, con barba de tres días, todo sudado, y bastante cansado. Con aspecto de trasnochado.
Se esforzaba muchísimo por animar la fiesta y lo conseguía, pero a mí me pareció un payaso horrible. Mi pensamiento fue “es bien que ese hombre se gane el dinero trabajando y no robando; parece un viejo alcohólico que lleva días sin dormir y los padres del cumpleañero deben estar locos para contratar a un payaso así; ese viejo tiene aspecto de degenerado o algo así”.
Segundos después, mientras yo pensaba en otra cosa, el Espíritu Santo me dijo esto: “Ese hombre que viste vestido de payaso, es el padre del cumpleañero”. Eso fue como una cachetada para mí. Yo, hijo de Dios, estaba juzgando.
